19 de julio.

Tengo dentro todo aquello que no me atreví a gritarte por miedo a romperte el corazón. Tengo toda esa rabia y ese rencor acumulado del paso de los años besándome cada uno de mis puntos fuertes, haciendo que mi cuerpo se tambalee una y otra vez.
Me duele tanto el alma de pensarte que apenas la siento. Ya no siento mi cuerpo, ni las heridas que abriste una y otra vez cuando no aprendía lo que tú querías que aprendiese.
Formé en mí una coraza para que nadie, incluido tú, se acercase demasiado a ver qué había en mi interior. Ahora esa coraza también duele, porque no he conseguido que se deshaga del todo.
Pienso en todo aquello que debería haberte gritado y se me corrompe el alma al pensar que podría haberte dicho todo aquello, que podría haberte destrozado solo porque tú me destrozaste a mí primero.
Y tengo miedo, de no poder olvidar todas esas palabras y de no saber curar todas estas heridas a pesar de que me lama a diario una y otra vez.

29 de junio.

I. El mar me rozó la piel. Esta piel áspera se convirtió en piel de escamas blanquecinas, de manchas blanquecinas más allá del moreno brillante. El cuerpo se convirtió en un alga más del Mediterráneo, la columna vertebral se desquebrajó y se convirtió en nudos. Todo nudos.

II. Llueve y truena. Los relámpagos me recuerdan a mis estrías cuando las tocas. Están, a veces asustan pero son normales y forman parte de la vida. Quiero pensar. Tenemos miedo, más que nunca. Todo es un torbellino emocional y la vida me asusta y me alegra mucho más que antes, a partes iguales.

III. Estoy aprendiendo a base del dolor de la vida. Callejeo por calles que antes solo eran de visita y que ahora se están convirtiendo en mi hogar. Empiezo de cero aunque todo cueste. Mi piel sigue siendo de escamas, pero esta vez son más finas, suaves y delicadas. Ya no siento que algo falla en mi interior, ahora siento que el árbol de la vida que tengo dentro crece, y que esa libertad que tanto ansié ya ha llegado.

21 de junio.


I. Dime pequeña, ¿en qué te estás convirtiendo? ¿qué fue de esa niña con dientes de leche que soñaba con surcar los mares? ¿con ser pirata? ¿ahora te asusta el mar? ¿te asusta la tempestad? Dime pequeña, ¿en quién te has convertido?

II. Las sábanas se arrugan y se me clavan en el cuerpo. Ahora tengo el cuerpo lleno de marcas, de líneas finas que separan mi cuerpo en continentes. Continentes vacíos y fríos, solos, moribundos. Cuando cae la noche me sumerjo en la oscuridad. Las noches están llenas de personajes ficticios que me recuerdan que mi vida no es mentira como la suya. Busco cualquier grieta para aislarme del mundo, busco una salida, un cartel luminoso, una pequeña luz.

III. La piel ahora es piel de escamas. Piel blanquecina y seca que me cubre, que te toca, que te abraza cuando las pesadillas vuelven. Ahora esta piel es otra piel, una piel que pincha y que duele, que se endurece con cada golpe, que se vuelve rojiza con los arañazos inevitables. Ahora la piel es solo piel, algo que recubre este cuerpo, este cúmulo de tejidos fríos. Ahora, solo es piel. 

20 de junio.

Escribo mientras las gotas que se escurren de mi pelo me mojan la espalda. Intento cerrar los ojos y dejarme llevar frente al teclado, dejar que mis dedos marquen teclas, una y otra vez, intentando plasmar lo que tengo en mi cabeza. Mi cama está deshecha, hace un calor inhumano en mi habitación y mi pelo está mojando la silla en la que estoy sentada. Sin embargo, nada importa.
El verano se está convirtiendo en días de duchas continuas para quitar el cloro de la piel. El pelo se está volviendo cada vez más seco y a cada minuto que pasa, siento que me sobra más la ropa.
Tengo la piel pegajosa, y echo de menos el sexo sin sudor, sin ganas de morir, sin mareos por culpa del calor. Echo de menos el frío, más que nunca. Y a mí, sobretodo a mí.