Desde hace dos meses las noches están llenas de pesadillas. Me despierto con la cara empapada en lágrimas, las sábanas están revueltas y la angustia en el pecho no cesa aunque pasen y pasen las horas. Me despierto antes de que suene el despertador porque soy incapaz de dormir tranquila, porque soy incapaz de sentir paz en mi interior. Los días son automáticos: vestirse y salir a la calle con una máscara. Una máscara que pesa y pesa y pesa, una máscara que araña la cara y hace que las dudas sobre quién soy vengan y vayan.




Abril se quedó amamantando los miedos.

Mayo empieza con las sábanas revueltas y los cuerpos cálidos. Pasamos los días pegados, descansando en la misma cama y mirándonos la luz reflejada en los párpados. El mes empieza con listas a medias para hacerla compra, un billete naranja en el suelo y la casa a solas. Las ventanas que dan a la calle se convierten en ventanas por las que entra la luz y nos pilla riendo a carcajadas, paseando por esas paredes que poco a poco hemos convertido en nuestras.
Abril se quedó amamantando los miedos, acunándolos para que jamás vuelvan a salir a la luz; y mientras tanto, nosotros recorremos pueblos medio vacíos que prometemos que serán nuestros y todo vuelve a tener sentido.

Los recuerdos bien quemados.

18 de abril de 2017.

He quemado todos mis diarios porque me niego a recordar lo que un día fue y ya no. Me niego a dejar que todo ese dolor oscuro y agrio se mantenga en mi retina una vez tras otra hasta que mi pecho ya no aguante más. Á. prendió las hojas que yo arrancaba y convertía en bolas. Bolas de papel, llenas de tinta y recuerdos, llenas de sentimientos, de alegría y de ganas de marchar que ahora son solo cenizas. La portada de mi diario azul del 2010 sigue todavía intacta, y me da rabia no haber visto como se quemaba y desaparecía poco a poco igual que lo hizo el resto.

A veces es importante el miedo, sentirlo, palparlo, para darte cuenta de todas las cosas que dejaste de hacer en su momento, todo lo que aguantaste y permitiste que pasara solo por no hacer daño a los demás. El dolor que tragas es el dolor que evitas que los demás sientan, aunque se lo merezcan. Y ahora todo duele el doble, muchísimo más que en 2010, muchísimo más que antes y de lo que dolerá después. Duele porque las verdades duelen, porque arrasar con todo duele, porque querer vivir duele.



Diario de viaje - Madrid

Día 1: El viaje a Madrid es largo. 4 horas eternas encerradas en un autobús largo y lleno de gente que hablaba inglés, una parada de quince minutos para mear y pillar algo que comer durante el viaje. Asfixia. La capital está vacía, no hay coches por todas partes, ni gente gritando, ni gente por todas partes. Atardece detrás de cuatro torres altas y pienso que el sol de Madrid es muchísimo más grande que el que se ve desde la ventana de la cocina.
Día 2: Extremoduro en el coche y dos años agarrándome la mano al caminar. Visitamos el Parque Europa y nos fotografiamos con los monumentos como si fuéramos turistas extranjeros. Nada me sorprende, solo la mirada de la niña clavada en la mía, y su ilusión. Su ilusión lo calma absolutamente todo.
Día 3: Madrid centro nos espera. Visitamos el Templo de Debod y paseamos por Gran Vía. El metro me decepciona aunque la gente toca y canta y pasan a buscar monedas. Visitamos Callao, la calle Princesa y comemos pizza en el Retiro. Las 4 horas y media de vuelta se hacen pesadas. Muy pesadas.